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Parte 41: La Desventaja de la Severidad

Parte 41

La Desventaja de la Severidad

En los capítulos anteriores aprendimos acerca de la importancia de la comunicación sincera, centrada en las necesidades del estudiante. Otro principio de la comunicación que debe gobernar las relaciones maestro-estudiante es la ilusión de que la severidad en la comunicación, tales como gritar o llevar a las lágrimas al estudiante, es una técnica educativa ilegítima.

(Mientras que la recompensa y el castigo tienen su lugar en la educación y serán discutidos en extenso en el séptimo y último prerequisito, sin embargo, una filosofía educativa no debería institucionalizar o glorificar la severidad como un medio de comunicación. No hay aquí una contradicción. La severidad como metodología empleada para brindar enseñanza es un grave error, mientras que la recompensa y el castigo pueden ser utilizados según la necesidad de corregir la comprensión y la internalización de dicha enseñanza.)

Los resultados aparentemente dramáticos derivados de emplear medidas severas se marchitan rápidamente, mientras que el crecimiento inspirado por el amor y la gentileza, perdura. A veces el maestro ve que uno de sus estudiantes necesita un sacudón para sacarlo de un sendero en particular. Aunque esta evaluación puede ser verdadera, sin embargo, el estímulo motivador (si se desea que sea efectivo por largo tiempo) debe provenir del interior del estudiante. El maestro, en su impaciencia y entusiasmo, no debe sacudir al estudiante, más bien debe permear su corazón con gotas tras gotas de luz, amor y Torá. Lentamente, esta infusión de luz creará una disonancia interior que eventualmente erupcionará en la forma de un sacudón interior, que impulsará al estudiante a salir de ese camino.

Un maestro que imagina que su angustia e impaciencia son en aras del máximo bien del estudiante, está racionalizando su propia falta de control. Su rigor puede parecer forzar el crecimiento y el aprendizaje, pero sus efectos son efímeros, porque al final el estudiante retendrá poco, sino nada, de los beneficios e incluso se podrá volver tosco e insensible en el proceso. Tal educador está realmente poniendo su propio impulso de gratificación inmediata (esto es, su necesidad de ver resultados y su propensión a la liberación emocional) por sobre los intereses educacionales de sus estudiantes. No tendrá éxito en sus enseñanzas e incluso puede causar más daño que beneficio.

Parte 40: La Comunicación Eficaz

Parte 40

La Comunicación Eficaz

La comunicación es la cualidad primaria del educador. Es el ingrediente crítico que determina si un encuentro en particular tendrá un impacto positivo o negativo sobre el estudiante. El que aspira a ser un maestro más efectivo debe aprender a observarse a sí mismo cuando habla, monitoriando sus comunicaciones en cuanto al estilo y el contenido para acertar en el corazón de sus estudiantes. Como los diferentes individuos responden de manera diferente a la misma idea o tono de voz, el educador debe adaptar su metodología y su enfoque a las necesidades de cada persona. La comunicación efectiva es una ciencia que requiere una meticulosa atención a las señales no verbales que transmite el oyente, como así también la versatilidad necesaria para ajustar nuestro mensaje en consecuencia.

En una relación maestro-estudiante una comunicación pobre es siempre una señal de una falta de compromiso de parte del educador. En la medida en que el maestro esté preocupado con su rol de depositar información, de deslumbrar a sus estudiantes con su conocimiento superior, de escucharse hablar a sí mismo, entonces sus enseñanzas se vuelven una indulgencia egoísta más que en un acto de dar.

cuando su propósito al enseñar es despertar y excitar el corazón de sus estudiantes a la verdad su comunicación se transforma en una expresión de amor y compromiso. Cuando la intención del educador es brindar, hallará exactamente a qué se aferran sus estudiantes, cuáles son sus creencias, qué necesitan y se dirigirá directamente a ese lugar. Esta es la cualidad que distingue a un maestro verdadero y exitoso.

A un nivel más sutil, este fue el error que inició la secuencia de eventos que culminaron en que Adán y Eva comieran del Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Di-s ordenó su mandamiento de no comer de ese árbol a Adán en su estado inicial de unificación andrógina de hombre y mujer, esto es, antes de que Eva sea traída a la existencia. Entonces cuando ella emergió como una entidad independiente, Adán no le transmitió explícitamente el mensaje de manera tal que lo sepa concientemente. Aprendemos de la conversación de Eva con la serpiente que Adán agregó algo al mandamiento original, informándole que Di-s les había prohibido comer y tocar el árbol, ambos bajo pena de muerte. El no hizo ninguna distinción entre el mandamiento de Di-s (la prohibición de comer) y su propia modificación (la prohibición de tocar).

Estaba tan enamorado de su propia innovación que fue negligente en su comunicación. Este minúsculo vestigio de amor propio trajo profundas consecuencias. La serpiente se aferró a esta sutil incorrección en la descripción de la verdad, empujó a Eva contra el árbol y la convenció de que así como no se murió por haber tocado el árbol, tampoco habría de morir por comer de su fruto. El resto es historia.

La Historia de Adán y Eva enseña un principio básico de la comunicación. Un maestro debe estar motivado exclusivamente por su compromiso con los estudiantes, deseando brindarles exactamente lo que ellos necesitan para que crezcan personal y espiritualmente. Todo motivo ulterior de parte del educador ciertamente reducirá la efectividad de sus enseñanzas y hasta pueden causar daño.

En tanto que el error del primer hombre fue muy sutil, los nuestros, desafortunadamente, son más evidentes. Por ejemplo, si le hablamos “a” otra persona denotando que estamos prante todo en escuchar nuestro propio discurso, y si estamos introduciendo aspectos de Torá en nuestro monólogo egoísta, entonces cuando el oyente se canse de oirnos, también se le irán las ganas de escuchar Torá. Similarmente, si el educador transmite sus propias palabras, entonces eventualmente el estudiante sólo lo rechazará a él, pero si dice palabras de Torá y las esgrime como un machete, entonces el estudiante también rechazará las palabras de Torá.

(Esto refleja la falla de comunicación entre Adán y Eva. Por un leve vestigio de ego, Adán fracasó en diferenciar entre lo que eran las palabras de Di-s y las suyas. Este defecto en la comunicación se transformó en la brecha por la que ingresó la mala inclinación, personificada por la serpiente.)

Los sabios nos explican que cuando un educador habla honesta y sinceramente, en aras de dar, sus palabras penetran en el corazón del que escucha. Las enseñanzas jasídicas desarrollan más allá esta idea, haciendo notar que si bien, esas palabras que expresan la verdad pura y simple penetran y producen una respuesta de corazón, sin embargo no se grabarán en la memoria del receptor ni tendrán un impacto duradero a menos que sean intencionadas y articuladas. Esto es, a menos que sean perfectamente preparadas para la necesidad del momento, al nivel de los oyentes, de sus preguntas, su sentido estético y sus preferencias por los diferentes aspectos de la Torá, el racional, el místico o el emocional. Si el educador satisface estos criterios de sinceridad e intención, sus palabras perdurarán en sus estudiantes, incluso cuando se separen para seguir sus caminos en la vida. De lo contrario serán olvidadas rápidamente.

Parte 39: Sabiduría, Temor al Cielo y Humildad

Parte 39

Sabiduría, Temor al Cielo y Humildad

En el libro de los Salmos, el Rey David enseña que: “El principio de la sabiduría es el temor a Di-s”. De este versículo -como también de otros proverbios de los sabios tales como “donde no hay sabiduría no hay temor”- se desprende una equivalencia entre jojmá (“sabiduría”) e irá (“temor al cielo”). El Talmud va más allá y enseña que “Tres cosas son equivalentes entre sí: temor al cielo, sabiduría y humildad”. Los comentaristas talmúdicos conocidos como Tosafot, explican que esto significa que una persona no puede alcanzar una sin las otras dos, no hay temor al cielo sin jojmá, no hay jojmá sin temor al cielo y ninguno de los dos sin humildad.

Esto significa que cuando somos temerosos del cielo cultivamos jojmá (o sea coaj má, que el autodesinterés). La autogratificación y el ensalzamiento propio son las raíces más sutiles del pecado. La jojmá, por otra parte, requiere humildad, que sólo se logra con la autocrítica. Cuando reflexionamos regularmente sobre nuestro comportamiento con un ojo crítico, estamos evitando caer en la complacencia y las justificaciones.

La verdadera concreción de lo anterior está en cumplir con el dicho de los sabios: “Entrega a El lo que es Suyo, porque en definitiva tú y todo lo que te pertenece son Suyos”.

Como también lo afirmó el rey David: “Porque todas las cosas provienen de Ti, y de lo Tuyo te hemos devuelto”. Este es el máximo desinterés, cuando reconocemos que Di-s es el medio y el fin, El es todo y nosotros somos nada.

En resumen, como se prescribió previamente, la autocrítica no es un fin en sí mismo, sino un medio para servir a los demás. Su propósito es disolver el ego antes que fortalecerlo, crear dadores en vez de receptores. Pero la autoexploración sólo por sí misma puede degenerar en autoindulgencia, lo que fomenta centrarse en uno mismo en vez ser generosos. Reflexionar sobre uno mismo sólo es productivo según nuestra habilidad de vencer al ego. Aquellos que se esfuerzan más allá de su capacidad de autodesinterés pueden acabar magnificando sus tendencias neuróticas en vez de eliminarlas. Este es un balance peligroso y delicado.

La autoreflexión honesta profundiza nuestra capacidad de ser compasivos, sensibles a las necesidades del prójimo. A medida que nos concientizamos de nuestra propia inclinación hacia el egoísmo y la justificación aparentemente racional de nuestros actos, nos arrepentimos de ellos y peleamos contra esto descubriendo así diferentes caminos para sobreponernos de manera tal que podamos compartirlo con los demás. Entonces nos volvemos un “compañero de viaje” en vez de un dedo acusador. Las palabras que provienen desde un lugar de semejante humildad son endulzadas con compasión antes que aguzadas con una acusación y por esta razón penetran en el corazón del receptor y lo influencia positiva y productivamente.

Parte 38: El Antídoto

Parte 38

El Antídoto: El Desinterés Personal

La propiedad del alma que sirve como antídoto para los problemas del ego que bloquean la autocrítica efectiva es el desinterés propio, que a su vez está arraigado en la sefirá de jojmá (“sabiduría”). Esta relación entre la autocrítica y el desinterés personal la vemos en varios niveles:

1. Jojmá – por medio de la permutación de sus letras, se entiende como el “poder” (coaj) de “qué” (má). Representa el poder que proviene de la expulsión definitiva del ego y el egoísmo que bloquean el flujo de fuerza Divina que busca iluminarnos y reforzarnos, pero que sólo puede hacerlo en la medida que haya un “espacio” dentro nuestro para algo más grande que nosotros mismos. En otras palabras, el flujo de la fuerza Divina en nosotros es proporcional a nuestro nivel de autodesinterés. Todo el propósito de la disciplina de la autocrítica es disolver el blindaje de autojustificaciones que fortalecen el ego y bloquean nuestra entrega a Di-s, el prerrequisito para conseguir la verdadera sabiduría.

2. Jojmá – representa el “flash” instantáneo de sapiencia que aparece como un rayo relampaguente en la mente. Es un momento de intensa claridad y profunda percepción que regresa, tan rápidamente como llegó, hacia los reinos supraconcientes de donde vino, dejando apenas una impresión de sus realidades. Si queremos que tenga un efecto duradero sobre nuestra conciencia, debe ser entonces desarrollado y concretizado por las facultades analíticas de la sefirá de biná (“entendimiento”). La palabra hebrea para “un rayo que relampaguea” es barak, una permutación de las mismas tres letras que forman la raíz de la palabra bikoret, que significa “crítica”. Como la jojmá es descripta en cabalá como un relampagueo, esto establece otra correspondencia entre autocrítica y sabiduría.

3. La cualidad interior de Jojmá es el autodesinterés, y este debe ser el principio y el fin de todo intento de autocrítica. Toda rectificación del ser debe derivar de la verdadera sabiduría (que es desinteresada) si ha de tener éxito en su objetivo de romper nuestras ataduras y preocupaciones con el ser. De lo contrario, es propenso a tener el efecto opuesto, volviéndonos obsesivamente preocupados por nosostros mismos, pero ahora con la “noble” apariencia de ocuparnos en la autocrítica; esto es falsa humildad.

El autodesinterés crea la posibilidad de la verdadera sabiduría y el conocimiento de uno mismo. El Talmud define a la persona sabia a la que “conoce su lugar”. Conocemos nuestro lugar cuando tenemos expectativas realistas sobre nuestras fortalezas, debilidades y capacidades. Un signo de una sabiduría falsa o superficial es tener falsas espectativas sobre nosotros o los demás.

Es una actitud sabia tener en mente las palabras del Rey Salomón en el libro de Eclesiastes: “No hay un hombre tan santo en la tierra que haga sólo el bien y no transgreda”. El Baal Shem Tov comenta este versículo explicando que si el ego obtuvo satisfacción o reclama crédito por sus actos de bondad, entonces el acto aparentemente desinteresado está manchado (aunque sea en un mínimo grado) por la arrogancia. Aunque no podemos sobreponernos completamente a este razgo de carácter, porque mientras permanecemos en nuestro cuerpo físico es imposible para nosotros trascender el “ser”. De todas maneras debemos tratar de minimizar ese pecado de arrogancia lo más posible bregando por llegar al desinterés. La herramienta para poder hacer esto es la autocrítica que lleva a la verdadera sabiduría.

Parte 37: Autocrítica (Parte B)

Parte 37

Autocrítica
(Parte B)

En el capítulo anterior aprendimos con la historia del Tzemaj Tzedek que debemos considerar cada imperfección que vemos afuera como un reflejo de lo que fluye dentro nuestro.

El espejo nunca miente. Aunque pueda haber diferencias de matices entre nuestra conducta y la de los otros, esta afirmación es necesariamente cierta.

Por ejemplo, cuando una persona generosa ve a un avaro que nunca da caridad o nunca invita huéspedes a su casa, podría ser que se le esté recordando el desgano que siente a veces (aunque quizás nunca se dejo influenciar) de interrumpir algo que está haciendo e ir en ayuda del prójimo. El hecho de que uno se irrite o sea crítico con algo “externo” indica que es tiempo de rectificarlo más completamente “adentro”.

Este reconocimiento de la imperfección es el primer paso para retornar a Di-s por medio del arrepentimiento (teshuva) y nos permite proseguir luego con las etapas subsiguientes de arrepentimiento y compromiso de cambiar.

Dicha necesidad de autocrítica debe ser confinada a un período circunscripto de tiempo y moderado por la comprensión de que el cambio es un proceso que ocurre paso a paso. De otra manera, podemos preocuparnos y deprimirnos tanto por nuestro estado actual de imperfección que perderíamos toda sensación de alegría en servir a Di-s y de efectividad en la educación de los demás. Por eso debemos fijar una cierta cantidad de tiempo cada día para la autocrítica constructiva. Dentro de este período podremos evocar un sentimiento de tristeza profundo y abrumador por nuestras imperfecciones, que proviene de darnos cuenta de cuánto nos hemos apartado de nuestro Creador.

Este estado de total remordimiento despierta la miscericordia Divina que trae con ella el perdón y la fuerza para cambiar. Di-s prometió que las disculpas sinceras siempre serán aceptadas, entonces terminaremos cada sesión de autocrítica jubilosos, alegres y seguros de la absolución y la purificación. Los que no pueden convertir su remordimiento en alegría están expresando una falta de fe en la miscericordia Divina, aumentando su lástima por sí mismos y malogrando todo su esfuerzo por purificarse de tal manera que lo traiga más cerca de Di-s.

Por lo tanto, el desahogo y la paz mental que sigue es tan esencial como la autocrítica misma.

En otros momentos del día, cuando surgen pensamientos de culpa, incompetencia o remordimiento, debemos deshecharlos inmediatamente con la intención de dirigirnos a ellos en el momento designado para tal propósito, porque sólo entonces tendremos el espacio para meditar realmente sobre la manera en que nuestras transgresiones han afectado nuestra relación con Di-s.

De esta manera, evitamos la debilitante ansiedad que viene de la autocrítica constante y exacerbada, el abrumador sentimiento de ineptitud que disminuye nuestra productividad manteniéndonos preocupados por nuestro “yo”, en vez de servir a una causa constructiva. Instituyendo una disciplina diaria de autoreflexión honesta evitamos también la igualmente tortuosa trampa de la autojustificación, el hábito de racionalizar nuestras malas conductas. La raíz de todas las características malas del alma es la incapacidad de admitir y reconocer nuestros errores, la mejor arma contra esto es la autocrítica.

Parte 36: Autocrítica (Parte A)

Parte 36

Autocrítica
(Parte A)

La efectividad de un educador o consejero espiritual refleja el alcance de su autoreflexión y autocrítica. Este “conocimiento del propio ser” da profundidad y sustancia a su enseñanza y brinda legitimidad a su consejo. El educador que revisa diariamente los detalles de su vida y corrige su conducta en concordancia, adquirirá la sabiduría y la humildad de penetrar directamente en el corazón de sus estudiantes y es un criterio clave de la educación espiritual que cuando toca el corazón también llega a la mente. De un maestro así, los estudiantes aprenden a transformar la teoría en acción.

Una historia va a ilustrar este punto. El Rebe Tzemaj Tzedek, el Maestro Jasídico del siglo XIX, solía viajar periódicamente por las aldeas de la Rusia Blanca (Bielorusia) con un pequeño grupo de sus estudiantes. Pasaban varios días en cada poblado y el Rebe ocupaba todo su tiempo viendo personas una por una, contestando preguntas, aconsejando y dando bendiciones junto a sus enseñanzas. Esas visitas eran momentos de gran exitación y regocijo. Pero una mañana el Tzemaj Tzedek se excusó de su rutina y se retiró a su habitación. Sus estudiantes asumieron que estaba tomando un descanso y suponían que regresaría en una hora más o menos.

Pero cuando pasó mucho más tiempo del esperado se empezaron a preocupar y dos de ellos fueron a ver si había algún problema. Cuando se acercaron a la puerta, lo escucharon llorando y recitando salmos. Regresaron para informar a los otros compañeros lo que habían visto, como así también a la gente que esperaba en el cuarto y comenzaron todos a recitar salmos para ayudar al Rebe.

Luego de un momento regresaron los dos al cuarto del Rebe y lo encontraron recitando las plegarias de la tarde. Pero notaron que estaba agregando las partes especiales que normalmente se recitan durante los Diez Días de Temor entre Rosh HaShaná y Iom Kipur, la época en que el pueblo judío está ocupado especialmente en el arrepentimiento. Todos estaban alarmados, preocupados y a la vez curiosos.

Más tarde esa noche, en la sinagoga, el Rebe habló del poder de las lágrimas, la Torá y los Salmos para limpiar el alma de sus impurezas. Todo el día siguiente descansó y volvió a recibir visitantes sólo al día siguiente.

No sabiendo qué había provocado todo esto, los estudiantes finalmente le preguntaron al Tzemaj Tzedek que había sucedido. Una oleada de tristeza atravezó el rostro del Rebe, pero recobrando su compostura les explicó:

“Cuando una persona viene a mi en busca de consejo para sus problemas, busco ese punto sutil en mí mismo que refleja exactamente el defecto en su alma y desde ese lugar de mi propio arrepentimiento sugiero la solución. Ese día una persona vino a mi con su historia y quedé muy perturbado por sus palabras; para peor, no pude encontrar ese punto sutil de identificación dentro de mi. Esto fue aterrador, pues significaba que la falta estaba presente pero oculta en las profundidades subconcientes de mi corazón,, en cuyo caso su influencia no estaba bajo mi control. Por esta razón inmediatamente comencé a rezar para sacar este defecto de un estado de ocultamiento a uno de percepción conciente y ponerlo así bajo mi control.”

Esta historia una lección para todos nosotros. Todos asumimos el rol de educadores alguna vez en la vida, tanto en relación a amigos en busca de consejo, de asesoramiento en la crianza de los hijos, el matrimonio o la carrera y cada uno es responsable de obtener lo bueno de cada una de estas situaciones. Similarmente, la Torá nos obliga a hablar cuando vemos a alguien, quien debería estar más en conocimiento, actuando en violación de la ley de Di-s. Y también aquí la obligación es ser efectivo. No alcanza simplemente informar a los demás de sus errores, también debemos comunicarselo de tal manera que quieran recibir la información y cambiar sus conductas en concordancia. Esta habilidad de tocar el corazón de los otros es sólo posible si seguimos el ejemplo del tzemaj Tzedek y nos relacionamos con las imperfecciones que vemos fuera de nosotros como un espejo de alguna falta idéntica dentro nuestro.

En la práctica, esto significa que se debe asignar cada día un determinado período de tiempo para el balance individual, examinando nuestros pensamientos y conductas con vistas a mejorarlos; en segundo lugar, cuando nos encontremos criticando a o irritados por alguien, debemos reflexionar sobre el hecho de que nuestra reacción misma nos brinda en realidad información sobre nosotros. Podemos identificar esta información dándole un nombre a la falta que vemos en la otra persona y entonces, por el momento, asumir que también se aplica a nosotros, aunque posiblemente a un nivel más sutil y más oculto.

Luego, y esta es la parte más difícil, debemos tratar de verificar esta premisa con ejemplos concretos de nuestro propio comportamiento. Luego, durante el día, cuando nos atrapamos juzgando a otra persona, debemos recordar inmediatamente nuestras propias fallas en ese área, encontrando instancias durante ese mismo día o semana en que exponemos el mismo rasgo negativo (incluso aunque nadie lo viera) y decidir corregir el problema.

Parte 35: Las 7 Aptitudes

Parte 35

Las 7 Aptitudes

En los próximos capítulos, hemos de considerar las siete aptitudes necesarias para que un educador sea efectivo.

Estas se desarrollan tanto lógica como cronológicamente, procediendo desde lo abstracto y general hacia lo específico y concreto, delineando una secuencia por la cual la intención sincera de educar y asistir al otro puede tomar forma en una acción efectiva que fomenta el crecimiento, permitiéndole influenciar positivamente sobre todas las interrelaciones de nuestra vida.

Cada una de las cualidades corresponden a las sefirot, las “esferas” o canales de energía Divina con los cuales Dios creó el mundo. De acuerdo con la cabalá, estas sefirot permean y se manifiestan dentro de todos los aspectos de la creación, incluyendo, por supuesto, el alma humana que fue creada a imagen de Dios. Es importante tener en mente el funcionamiento de las sefirot, particularmente tal como se manifiestan en los poderes del alma, cuando nos referimos a nuestros estudiantes. Si el maestro trata de cambiar más de un rasgo de carácter por vez (bloqueando así ciertao número de canales al mismo tiempo) puede provocar una explosión de energía acumulada que en el mejor de los casos socavará su éxito, y en el peor de los casos podrá causar un daño psicológico real.

Finalmente, nunca se recalcará suficientemente que las habilidades discutidas aquí sólo se pueden adquirir por medio de la práctica y el progreso del maestro será un reflejo del tiempo invertido en ese esfuerzo. Este es el requerimiento de integración necesario y suficiente de parte del educador.

Parte 34: Haciendo Orden

Parte 34

Haciendo Orden

Hasta ahora, hemos presentado una visión caleidoscópica del proceso de la educación y sus componentes claves: inspiración e integración. Cada aspecto analizado nos brindó una manera nueva de comprender las implicaciones prácticas de ese modelo simple, aunque elegante, de crecimiento y transformación. A medida que nos sensibilizamos con esta dinámica, tanto si funciona dentro de un contexto educativo o a escala más global, obtenemos varios beneficios:

Primero, como es común en todos los saltos de conciencia, una dimensión de la realidad que se había perdido en el cieno de los eventos fortuitos es súbitamente iluminada y elevada a la categoría de modelo legítimo predecible de la naturaleza. Previamente sólo contábamos con datos en bruto: sabíamos que cierta gente tiene bloqueos de aprendizaje y otros no, que algunos estudiantes están llenos de entusiasmo y sin embargo no progresan, que ciertas técnicas funcionan para algunos y no para otros, que cierto maestro es bueno para cierta clase de grupos y no para otros. La rima no era discernible, no rimaba, más bien contabamos con una fárrago de hechos y números, éxitos y fracasos. Entonces alguien clarifica el patrón y todo se pone en su lugar. De repente hay un orden, un significado y una interrelación en lo que parecía ser una masa caótica de eventos inconexos. Hay algo profundamente satisfactorio en de esto, la mente humana disfruta con su comprensión ampliada del mundo. Y a decir verdad esto no es poca cosa.

Si todo existe porque Dios lo ha puesto aquí deliveradamente y si Dios es la definición misma del conocimiento y la conciencia, entonces el universo debe reflejar la concepción de su Creador y contener una legitimidad en virtud de que su existencia está arraigada en la visión de Dios. Como proclama el libro de Salmos: “Con sabiduría Tu creaste todo”.

Si esto es así, el impulso humano de entender el mundo -incluso expresado en los terrenos seculares de la ciencia, la filosofía, la sicología, etc- está motivado, conciente o inconcientemente, por nuestro mandato de emular a Dios. A medida que expandimos los límites de nuestra percepción conciente y penetramos más profundamente en los territorios indómitos y desconocidos de la realidad -esos lugares que aún no han sido investigados e iluminados por la mente humana- entonces nuestra conciencia llega a acercarse a la emulación del concimiento de Dios, donde todo es sabido y nada está oculto.

Segundo, una vez que se identifica un patrón y se construye un modelo, podemos aplicarlo a la tarea que tenemos entre manos, en este caso la educación. El educador organiza a los estudiantes en determinadas categorías: los que son fáciles de inspirar pero no pueden permanecer en ese estado mucho tiempo, los que son trabajadores esforzados pero sin inspiración, los que necesitan mayor o menor atención para conducirlos hacia su crecimiento y cambio. Una vez que el maestro sabe qué es lo que está buscando, puede diseñar concientemente una estrategia que satisfaga cada necesidad, en vez de confiar en un golpe de suerte o fallar en el enfoque del problema.

Finalmente, este modelo de educación tiene también implicancias históricas. Por ejemplo, uno puede comenzar a referirse a la clásica cuestión de por qué fue posible para el pueblo judío experimentar, de primera mano, la más profunda revelación de Divinidad que jamás ha sido inspirada, la entrega de la Torá en el Sinaí, para cuarenta días más tarde idolatrar el becerro de oro.

La revelación del Monte Sinaí puede ser conectada con la inspiración del pueblo judío por medio de la cual fueron iniciados en el mundo de la Torá. Fue un regalo de luz y gracia desde lo alto aquí abajo, despertándolos a una dimensión complnueva de conocimiento y evocando en ellos una deseo apasionado por Dios. Sin embargo, esto no es suficiente por si mismo, porque no ha tenido lugar la integración, siendo que la inspiración es necesariamente fugaz cuando no hay integración. Incluso después de una revelación tan profunda como esta, tiene que haber una lucha lenta y esforzada para llevarla hacia el interior del ser y esto era sólo posible por medio de la acción, el desafío, la práctica y la repetición constante.

La Integración es un proceso que requiere tiempo y no puede ser esquivado. Hasta que se complete esta fase, está siempre latene la posibilidad del error, incluso del orden del becerro del oro. La historia completa del pueblo judío, desde aquel momento de su encuentro con Dios en el Monte Sinaí en adelante, es la pugna por hacer justamente eso. Es el esfuerzo, a la vez doloroso y gozoso, de traer la luz de Dios y la Torá hasta los rincones más alejados y sombríos de la vida, en las comunidades individuales en aquella época y, finalmente, en el mundo entero. Esto es lo que significa para Israel ser una “luz entre las naciones”.

Parte 33: Benevolencia y Juicio

Parte 33

Benevolencia y Juicio

Sólo cuando está de por medio el aspecto autocrítico de justicia, la tzedaká (caridad) tiene el poder de atraer la bondad de Dios a este mundo. Esta relación de control y balance es necesario en varios niveles, porque debemos hacer ciertas valoraciones para dar tzedaká apropiadamente. Primero debemos evaluar, lo más conservadoramente posible, nuestros propios requerimientos financieros. Nuestra estimación debe considerar las necesidades de cada miembro de nuestro hogar y satisfacerlas de la mejor manera posible. Cada uno debe estar cómodo, aunque debemos desalentar indulgencias innecesarias. Luego debemos desapoderarnos de todos los recursos remanentes, declarándolos “bajo fianza” y procediendo a encontrar sus verdaderos dueños. Hay una sutil pero significativa diferencia entre aquellos que dan por obligación o incluso por su innata generosidad, y aquellos que reconocen que en realidad no es para nada una donación, sino que más bien están distribuyendo algo que no les pertenece, cosas que fueron puestas a su cuidado. Dios nos brinda exactamente lo que necesitamos y todo exceso no es realmente nuestro. Finalmente, debemos identificar al legítimo dueño de estas cosas, tarea que requiere paciencia, discriminación y juicio. La señal de éxito en esto es un fuerte sentido de la miscericordia y la empatía. ¿Cuánto debe ser dado en cada momento? ¿Qué caridades son las más dignas y responsables? ¿Debe ser dado como un regalo absoluto, como un préstamo o es posible ayudar a alguien a establecer un negocio? ¿Debe apoyar la educación, al pobre o a los enfermos y minusválidos? Como todas estas opciones son meritorias pero algunas son mutuamente excluyentes y los recursos limitados, nos vemos forzados a usar la discriminación.

Como se estableció arriba, la caridad y la benevolencia son escencialmente lo mismo, una involucra compartir recursos físicos, la otra activos intangibles como el tiempo y la energía emocional. Para quien la prioridad es estudiar Torá, el tiempo va a ser más precioso que el dinero y más difícil de renunciar a él. Pero la disciplina y el hábito de dar, financieramente o de otra manera, es el instrumento más poderoso para traer Torá a nuestros corazones y nuestras vidas. El conocimiento sólo puede ser internalizado por medio de su aplicación práctica. Podemos leer diez libros sobre la técnica de tocar el piano, pero hasta que no nos sentemos realmente al teclado y practiquemos, no podemos saber cómo tocar.

Similarmente, si queremos conocer a Dios, debemos emularLo. Como el dar con benevolencia es la forma primaria en que Dios se relaciona con el mundo, este es el rasgo más importante que debemos cultivar. Emulando la benevolencia y la generosidad de Dios conseguimos acceder a esferas de conocimiento, a sutilezas que existen más allá de las palabras. Así se abren los secretos de la Torá.

Integración significa desarrollar esta cualidad de generosidad, refinando su expresión, balanceándola con discreción y juicio y finalmente trayéndola a un estado de internalización. El educador que ha educado correctamente a sus educandos encontrará que inluso sus instintos expresarán esta cualidad.

Los sabios definen la madurez como la habilidad de dar sin ataduras. Podemos ser avanzados en años, exitosos en los negocios, de refinada erudición (incluso en Torá), pero si no aprendimos a dar, si no comprendemos que esa es la máxima prioridad, entonces no llegamos a la madurez.

Esta correlación de la gracia y la bondad con la inspiración y la integración encierra una importante lección para el educador. Los talentos de sus estudiantes, que trajo a un estado de gracia y belleza por medio de su habilidad de inspirar, requieren una etapa posterior de desarrollo y rectificación. Ellos deben encontrar su máxima expresión en el servicio a la humanidad. Si sus talentos son dirigidos en definitiva hacia el dar de esta manera, entonces la integración ha tenido lugar verdaderamente.

Parte 32: Gracia y Bondad

Parte 32

Gracia y Bondad

La cualidad de gracia (jen) está siempre en pareja con el atributo de bondad (jesed); la frase “gracia y bondad” (jen vajesed) aparece a menudo en las plegrarias y bendiciones. En tales ocaciones se combinan en una sóla idea que sintetiza sus diferentes aportes individuales, formando un “matrimonio” lingüístico, una expresión idiomática. Como tales se trasnforman en una entidad en si mismas. Como jinuj (“iniciación/integración”) comparte una raíz gramatical común con jen (“gracia”), resulta que jesed (“bondad”) se puede asociar con hadrajá (“integración”) y con su raíz derej (“camino”). Más aún, este par en particular jen y jesed podría reflejar la relación entre jinuj y hadrajá, entre inspiración e integración.

Esto implica que, mientras que la inspiración es el camino de la gracia, la integración debe ser el de la realización de actos de benevolencia. Esta relación se comprueba también de otra manera:

Abraham llegó a identificarse con la integración cuando Di-s lo eligió como patriarca del pueblo judío por su empeño en enseñar a otros el “camino” de Di-s, el de la rectitud y la justicia.

Basándonos en las afirmaciones de la Torá, el Talmud y la Cabalá, el nombre de Abraham y su persona están conectados esencialmente con el atributo de benevolencia. De momento que Abraham se identifica con la integración –y con la benevolencia, la rectitud y la justicia- estas ideas se vuelven emparentadas directamente entre si por medio de su conexión mutua con él.

También hay una instancia adicional que establece un nexo directo entre ellos, es un versículo de los Salmos que dice:

“Cuando la persona ama la rectitud y la justicia, entonces la bondad de Di-s llena la tierra”.

Asociando claramente los tres factores que ameritan a Abraham como el educador arquetípico.

De esto aprendemos que el educador debe entrenar a sus estudiantes para se comporten de acuerdo con los principios de rectitud y justicia, demostrando que han integrado estas lecciones cuando se relacionan con el prójimo con generosidad y bondad, mientras que, a su vez, se juzgan a si mismos con rigor, nulificando toda motivación egoísta de tal manera que realicen la labor de la benevolencia con una mayor abundancia de recursos materiales y emocionales. Este esfuerzo desde abajo atraerá la generosidad y la benevolencia de Di-s hacia el mundo desde arriba.

El Talmud de Jerusalem llama a la donación caritativa (tzedaká) con el término genérico “mandamiento” (mitzvá), implicando que es el mandamiento que incluye a todos los demás. Esto es así por varios motivos. Primero porque la relación primaria de Di-s con el mundo es la de dar, donde su continua recreación del universo, desde la nada absoluta, en cada instante, es pura tzedaká. Este regalo que es la existencia, Su infinita bondad, es el verdadero fundamento del universo. Como emulando a Di-s nos acercamos a El, entonces la tzedaká es particularmente propicia para este fin, emulando la forma elemental con que Di-s se relaciona con Su creación.

Segundo, la separación de una porción de nuestras ganancias semanales para este propósito transfocada momento de trabajo en un acto con el cual cumplimos este mandamiento, ya que todo nuestro ser está comprometido en ese momento en generar tzedaká. De esta manera toda nuestra semana laboral se transforma en una mitzvá, santificada y elevada a la categoría de servicio Divino.

La ley judía exige la entrega de un mínimo del 10% hasta un máximo del 20% de los ingresos a propósitos de caridad. Incluso un mendigo cuyo único ingreso es tzedaká, debe separar el diezmo mínimo. Aunque hay circunstancias atenuantes donde no se aplica el límite superior. Una excepción es durante una época de escases cuando el pueblo está hambriento y necesitado, situación en la cual todo cabeza de familia que tiene más que los otros debe vender sus bienes y repartirlos, hasta que su situación se equipare con la de la comunidad. No debe llegar a una situación peor que la de los demás, pero tampoco debe almacenar mientras los demás pasan hambre.

La segunda circunstancia atenuante es más común, es la enfermedad del alma que afecta a nuestra generación. Como hemos perdido la fortaleza física y espiritual para expiar completamente nuestras faltas o “enfermedades” a través del ayuno, la tzedaká se convirtió en la medicina más potente que se puede conseguir. Justamente por las razones mencionadas posee el poder de reparar el alma, curar las cicatrices, magulladuras y durezas resultantes de las diversas formas de transgresión, ya sea con el pensamiento, el habla y los actos. Dar a los demás es un depurativo que elimina los residuos producidos por una forma de vida decadente y de los alimentos y las relaciones prohibidas. Así como gastaríamos todo lo que sea necesario para salvar nuestra vida, de la misma manera se debería dar tzedaká para redimir nuestro alma. En esta situación de “tzedaká como medicina”, no se aplica el límite del 20%.

La tercera excepción se aplica a aquellos que se acercaron al nivel de Abraham en relación a este atributo en particular y comprobaron que dar tzedaká se convirtió en su más grande placer y satisfacción. Entonces, así como están libres de gastar el dinero en placeres temporales, cuanto más deberían gratificarse con la alegría de emular a Di-s yendo en Sus caminos y dar libremente.